[Edición #516 | 03.02.2006]
San Fernando | Nuestra Historia: Arturo Anzaluz llegó a disponer de cincuenta coches transformados en carrozas que desfilaban por el corso local
Aquellos caranvales populares...
A mediados de la década de 1920 Arturo Andaluz, sanfernardino por tercera generación y biznieto de europeos, era ya un jovencito emprendedor y entusiasta en todo lo que iniciaba. La cochería Andaluz poseía los primeros carruajes, que la convierten en la primera colección privada del país, y desde luego el complemento de una importante cantidad de ejemplares de raza hacny, nuestro alazán criollo, adiestradores y personal para la atención de los carruajes y mantención de los mimados equinos, por los cuales Don Arturo tenía una dedicación especial. Toda esa estructura de su empresa fúnebre supo ponerla al servicio de uno de los -en ese tiempo- más entusiastas y tradicionales festejos de la zona: el Carnaval.
Arturo Andaluz fue uno de los precursores en la organización de los corsos de San Fernando, los que se llevaban a cabo en la Avda. Belgrano o sobre la Avda. Constitución, y a veces coincidiendo con otro que organizaban en la localidad de Victoria. Cincuenta carrozas eran preparadas durante largo tiempo por especialistas en escenografía y ornamentación de carruajes, en los depósitos de su empresa. Así surgían los patios romanos, los cuentos de Handerson, las sátiras políticas y tantas versiones como diera lugar la imaginación, que se completaban con sus personajes respectivos; los que eran maquillados y vestidos al estilo.
Así lo recuerda una de sus hijas, Dolores Andaluz de Meldi: “La cantidad de carrozas que se preparaban en algunos casos superaban la media centena. Para ello papá pedía la colaboración de escenógrafos como Dundo y maquilladores profesionales, como Antonio Giotto. Siempre recuerdo cómo me impresionó en mi niñez, ese patio romano con Cleopatra con su túnica y el entorno de la ambientación, igual que la versión de Blancanieves, para lo que hubo que conseguir siete enanos que completaran la escena”.
Carruajes franceses…
Don Arturo Andaluz, que también fue precursor en el cultivo de los hábitos criollos, daba participación en estos corsos a las carretas de su propiedad, las que con sus chinas y gauchos poblaban de campo la incipiente ciudad industrializada que se perfilaba en San Fernando. También a ellos se refiere otra de sus hijas, Nelly: “Eran carretas enormes, como las típicas para el tránsito de principios de siglo, tiradas por una o dos juntas de bueyes. Colaboraban con él, el célebre Juanzón Pastorini de San Isidro y Lalo Peirano con sus propias carretas”.
El entusiasmo de las Andaluz parece heredado de aquel que, acompañado por su esposa, María Juana Ciapessoni, pasaban varias noches sin dormir en esta titánica tarea, que no sólo exigía un buen desembolso de dinero, totalmente hecho por Arturo Andaluz, sino de tiempo, el de ellos y el de tanta gente que, voluntariamente y sin otro interés que aportar a la alegría de un festejo popular, horas de trabajo, sueño y descanso; a estos se refiere Dolores: “Los preparativos comenzaban dos o tres meses antes, y sobre la última quincena se quedaban trabajando de noche y sin darse tiempo al descanso tenían que volver a sus ocupaciones, para continuar esa misma noche. Muchas ganas se juntaban para que esto fuera posible: las de Amador Durán, la de los hermanos Bazzano y los Ricci. También los Marino y los Valencia, y ni que contar del que en ese entonces era comisario de Victoria, don Espíndola. Otro espectáculo aparte eran los carruajes de estilo, que mi padre poseía en la cochería”.
Los negros de San Telmo La población infantil también tenía sus espacios en los famosos “corsos de Andaluz”: desde las primeras horas de la tarde y hasta que oscurecía, eran ellos las Cleopatras, las Cenicientas, los príncipes encantados, o los ogros comeniños que habitaban en las ataviadas carrozas. Los concursos de disfraz exigían de los padres, más que hilos y puntadas, mucho ingenio para alzarce con las copas y medallas que los convertían en reyes de la fantasía. Hasta esta nobleza se regocijaba cuando, ya dentro del corso oficial, los redobles del candombe, la que es la música más representativa de esta festividad, atronaban las avenidas. Eran los negros candomberos de San Telmo, que contrataba el mismo don Arturo, sobre los que Dolores agrega: “Eran los candomberos que acompañaban a Alberto Castillo en sus representaciones, o sea, figuras de relieve artístico internacional, y el espectáculo era no sólo de calidad y color, sino que contagiaba, la gente los acompañaba y bailaba con ellos”.
Y casi a modo de disculpa y anticipándose a la pregunta, sus hijas aclaran: “Si en este momento quisiéramos continuar con esa tradición, que nuestro padre interrumpió con su muerte, nos sería imposible. No sólo por las condiciones económicas, puesto que ahora es motorizada y ya no quedan adiestradores de caballos, pues para esto había que prepararlos especialemente, lo más importante que ya no existe es el espíritu. Ese espíritu de diversión sana y compartida con el vecino, esa fraternidad que se vivía en toda la etapa previa, la de la organización, y la posterior, la que nos convocaba a un festejo que era tradicional en la zona, en un festejo de neto corte popular. Hoy el carnaval es tan sólo el espacio ideal para unas minivacaciones. ¿Cuántas parejas iniciaron su relación bajo un antifaz? Me prugunto si algún muchacho de hoy podrá conquistar con estos métodos, buscando los ojos de una chica para vaciarle un envase de espuma. No, no es sólo por la crisis económica que no se pueden volver a realizar.” Es cierto, también falta Andaluz, que a los 47 años –y en marzo de 1954, porque no podía irse sin terminar el corso de ese año, el que le ayudó a organizar su yerno– murió, y con el toda una tradición, pero, sobre todo, se fue el espíritu del carnaval, si hasta la palabra mascarita perdió su encanto para convertirse en un insulto.
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