Director
Miguel Armaleo
HOME
  Contactenos
Nacion Provincia Región Norte San fernando San Isidro Tigre Vicente López
Recuadros
[Edición #524 | 21.06.2006]
San Isidro | VIlla Ocampo: recuperada por la UNESCO para actividades culturales

Victoria Ocampo, una escritora polémica

Pasaron muchos años de abandono y olvido de una antigua e histórica casona de San Isidro: Villa Ocampo. En cada una de las amplias habitaciones se tejieron cautivantes relatos urbanos, bucólicas melodías poéticas y larguísimas discusiones culturales, surgidas de una burguesía patricia nativa, que no pasaba desapercibida. Por allí desfilaron grandes personalidades de la cultura nacional e internacional, invitadas por Victoria Ocampo. Una escritora contradictoria y jugada con sus convicciones. San Isidro transita el camino de los 300 años y desde estás páginas rescatamos de la memoria de un viej

Escribe: José Dante Pastine*

Corría el mes de noviembre de 1924 y Victoria Ocampo habíase enterado que en el puerto de Buenos Aires se hallaba encallado por una gripe un poeta hindú de toda su admiración. Era Rabindranath Tagore, quien se encontraba de paso para el Perú y al que el médico le había prohibido continuar el viaje.

Intrépida como era, se dirigió al puerto y conversando con el secretario de Tagore invitó al vate a hospedarse en una magnífica quinta de sus parientes en San Isidro. Naturalmente el engripado poeta aceptó y pasó un mes en el ambiente eglógico y tonificante de las barrancas sanisidrenses. Pero ya avanzado diciembre, incómodos calores le sugirieron a doña Victoria cambiar de escenario. Leamos ahora el relato que ella hace en la página 79 del número 270 de 1961 de la revista Sur.

“Tagore, que se había quejado del frío a comienzos de su estadía, se quejó en diciembre del calor. Pedí entonces a mis amigos Martínez de Hoz que me permitieran ir a pasar unos días con él a Chapadmalal. De paso vería una estancia. El lugar es excepcionalmente hermoso, a unos veinte kilómetros del Atlántico, con un parque magnífico”.
“Los Martínez de Hoz han sido educados, de padres a hijos, en Inglaterra. Su casa de la estancia está amueblada a la inglesa (pero no a la inglesa de mueblería), sino con muebles antiguos, auténticos. Además, fue obra de un arquitecto inglés y, naturalmente, huelen a British”.
¿No son estas líneas para enriquecer cualquier ensayo o antología del coloniaje? Además, la descripción detallada que hace doña Victoria de la casa confirmaba –entre otras cosas– la absoluta ignorancia de la política nacional e internacional de su tiempo y de otros tiempos, que la propia escritora confesaba en la misma nota de la revista Sur. Ignoraba, por ejemplo, que Rabindranath Tagore podía estar muy lejos del pensamiento y del coraje civil de su compatriota el Mahatma Gandhi, pero que forzosamente debía guardar cierta dosis de decoro y que demasiado olor a “british” tenía que producirle urticaria. Varios genocidios y un largo saqueo contra su patria no eran fácilmente olvidables.

Y bien. Si la señora Ocampo, que tanto conocía y quería a los Martínez de Hoz, nos ha contado cómo fue la crianza, la formación intelectual y espiritual de las numerosas generaciones de aquella familia, era lógico pensar que don José Alfredo no fuese la excepción.

Al abrigo de un golpe militar en el año 1963, el doctor Martínez de Hoz fue designado ministro de Economía en el gobierno del doctor José María Guido. Su gestión fue breve, pero como yo conservaba fresco en mi recuerdo aquel incomparable testimonio que había ofrecido doña Victoria sobre la formación de los Martínez de Hoz, seguí su actuación. Y un día de agosto, en uno de los “románticos” almuerzos que la Cámara de Comercio Británica ofrece periódicamente a sus amigos, el ministro de Economía de la patria de San Martín, hablaba así: “y fue gracias al capital inglés tanto en forma directa como por la colocación de empréstitos, que pudieron llevarse a cabo las grandes obras que impulsaron nuestro desarrollo”.

No pudo sorprenderme demasiado el originalísimo juicio histórico de Martínez de Hoz. Pero debo confesar que no esperaba tal carga de cinismo. Podía presumir que con elegancia de “gentleman” hablase de Shakespeare y hasta de Kipling y Churchill. Pero que hablase de los empréstitos ingleses que impulsaron nuestro desarrollo, más que una grosería histórica me pareció un sarcasmo imposible de soportar en silencio.

Efectivamente, cualquier argentino medianamente informado sobre la historia verdadera de la patria conoce el siniestro proceso de las inversiones inglesas en la Argentina, que comienza con el célebre empréstito por un millón de libras esterlinas que el gobierno de Rivadavia negoció en 1824 con la Banca Baring Brothers. Como es sabido, este empréstito del que el gobierno argentino recibió 560.000 libras, se terminó de pagar en 1904.

Con referencia a esta historia de los empréstitos y de las inversiones inglesas en general, hay una copiosa documentación pero cabe un especial reconocimiento patriótico para la obra desarrollada por Raúl Scalabrini Ortíz y los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta.

Pero qué otra cosa podía esperarse de quien tenía la crianza y la formación de que nos habló doña Victoria. Es cierto, pero desde nuestro mundo moral y espiritual pensábamos que en 1963 ya no eran posible ciertos hechos y determinado lenguaje. No en balde –creíamos– habían ocurrido dos guerras mundiales con sus secuelas de horrores, pero también de enseñanzas para los pueblos. En suma, no concebíamos que un ministro de Economía de un país que había sido víctima de tres invasiones inglesas armadas –con mil muertos y heridos–, del asalto y robo a las islas Malvinas y del estrangulamiento planificado de nuestra economía al servicio del imperio, saliera proclamando en 1963 a ese imperio rapaz como a un benefactor de nuestro desarrollo. Sin ninguna duda, un personaje que mostraba tal “intrepidez” era capaz de cosas mayores. Fue a raíz de esas declaraciones de Martínez de Hoz en la Cámara de Comercio Británica que decidí enviar unas líneas de réplica, que el diario La Razón publicó en su edición del 28 de agosto de 1963.
De lo que se trataba era de prevenir sobre el peligro que entrañaba para el país este personaje discipulado en la escuela del más pérfido y anacrónico liberalismo. Y como lo temíamos, a menos de quince años de aquel discurso y al amparo de otro golpe militar, Martínez de Hoz volvía a ser ministro de economía de la nación y devastaba al país.
¿Cómo fue, cómo pudo ocurrir, que este hombre educado como ya sabemos, que en 1963 hablaba como hemos leido, a quien le importaba un rábano los mil muertos y heridos en las invasiones inglesas y en la Vuelta de Obligado, haya podido llegar de nuevo a ser ministro de economía de la nación en 1976? Las razones son variadas y su explicación harían prohibitivamente larga esta nota.

Pero, fundamentalmente –y aquí reirán muchos zonzos y muchos “vivos”–, la devastación del país por parte de Martínez de Hoz y sus epígonos fue posible porque hace un siglo nos hurtaron la historia verdadera y la suplantaron, a designio, por una historia falsificada, con la que “educaron” a varias generaciones de argentinos. Sin ninguna duda, nos falsificaron la historia, para cambiarnos la mentalidad y el alma y robarnos el país. Y no habrá rescate verdadero de la patria si no se rescata la historia auténtica de la patria.

No falta asimismo hombres de derecho que dudan de la posibilidad legal de condenarlo a Martínez de Hoz. Felizmente, no será así. De una vez para siempre el país se erguirá de entre sus ruinas y por intermedio de sus representantes en el Parlamento probará que Martínez de Hoz, sus colaboradores y las cúpulas militares que le dieron sustento se han hecho pasibles del magno anatema que prescribe la Constitución Nacional.

Ya se verá que nada podrán aviesos doctores del derecho, porque las pruebas de los delitos contra la nación son abrumadoras. Desde las “operaciones” de las mesas de dinero, entre los señores Ocampo, padre e hijo, hasta las compras de Italo y Austral, donde es imposible encontrar un adarme de moral o de ética. Ahí están los apellidos cosanguíneos entre vendedores y compradores ofreciendo un espectáculo de miseria moral, típico de aquel régimen “falaz y descreído” de que habló con frase cabal Hipólito Yrigoyen.

Cómo no va a desear otra revolución militar el señor Juan Alemann. Pero vuelve a equivocarse de medio a medio. Porque si esa revolución que anuncia para dentro de un año y medio se produjese –contra toda lógica–, uno de los primeros personajes fusilados sería el señor Alemann. Le aconsejamos, pues, un inteligente y riguroso silencio.

Afortunadamente hay una conciencia moral en el pueblo argentino. El Parlamento se hará eco de esa conciencia. Y no faltará el juez que los condene. Será suficiente que sea un argentino sensible a la voz de la dignidad nacional.
(*) Periodista e historiador sanisidrense.

La nota fue parte de la edición nro. 116 de Lo Nuestro publicada el 29 de abril de 1985.

San Isidro

Por favor, déjenos su comentario acerca de esta noticia

Nombre
E-MAIL
Comentario
 

VOLVER